La leyenda de Sac-Nicte y Canek, último rey de Chichén Itzá

árbol sagrado, la ceiba

Sac-Nicté, que significa Blanca Flor, nació en la orgullosa ciudad de Mayapán, cuando la paz unía como hermanas a las tres grandes ciudades de la tierra del Mayab: Mayapán, Uxmal y Chichén Itzá, altar de la sabiduría. No había ejércitos, porque sus reyes habían hecho el pacto de vivir como hermanos.

El príncipe Canek que significa Serpiente Negra, era valeroso y tenaz de corazón. Cuando tuvo 21 años fue levantado a rey de la ciudad de Chichén Itzá. En aquel mismo día vio el rey Canek a la princesa Sac-Nicté y aquella noche ya no durmió. Solo pensaba en aquella hermosa mujer.

Tenía la princesa Sac-Nicté 15 años cuando vio al príncipe Canek que se sentaba en el trono de Itzá. Su corazón al verlo palpitaba cada vez más rápido. Sac-Nicté había sido destinada por su padre, el poderoso rey de Mayapán, para el joven Ulil, príncipe heredero del reino de Uxmal.

Vinieron mensajeros de Mayapán ante el joven rey de Chichén Itzá y le dijeron “Nuestro rey convida a su amigo y aliado para la fiesta de las bodas de su hija.” Respondió el rey Canek con los ojos encendidos: “Decid a vuestro señor que estaré presente”. Vinieron mensajeros de Uxmal ante el rey Canek y le dijeron: ”Nuestro príncipe Ulil pide al gran rey de los Itzaes que vaya a sentarse a la mesa de sus bodas con la princesa Sac-Nicté.” Solo respondió ahí estaré. Vino un enanillo oscuro y viejo y le dijo al oído: La Flor Blanca está esperándote entre las hojas verdes, ¿vas a dejar que vaya otro a arrancarla? Y se fue el enanillo, por el aire o por debajo de la tierra. Nadie lo vio más que el rey y nadie lo supo.

Toda la ciudad estaba adornada de cintas, de plumas de faisán, de plantas y de arcos pintados de colores brillantes. Todos danzaban y estaban alegres. Era ya el día tercero y la luna era grande y redonda como el sol. Era el día bueno para la boda. De todos los reinos, de cerca y de lejos, habían llegado a Uxmal reyes e hijos de reyes. Llegaron embajadores con ricos presentes, menos el rey Canek de Chichén Itzá. Ya no esperaban los que no sabían. Vestida está de colores puros y adornados de flores la princesa Blanca Flor, frente al altar.

Pero, el rey Canek llegó a la hora en que había de llegar. Saltó de pronto en medio de Uxmal, con sesenta de sus guerreros principales y subió al altar donde ardía el incienso y cantaban los sacerdotes. Llegó vestido de guerra y con el signo de Itzá sobre el pecho ¡Itzalán! ¡Itzalán! gritaron como en el campo de combate. Nadie se levantó contra ellos. Todo sucedió en un momento. Entró el rey Canek como el viento encendido y arrebató a la princesa en sus brazos delante de todos. Cuando quisieron verlo ya no estaba allí. Como un relámpago. Sonaron los címbalos y gritó el príncipe Ulil para convocar a sus guerreros. Se afilan las armas, se levantan los estandartes de guerra. ¡Uxmal y Mayapán se juntan contra el Itzá!

He aquí como los Itzaes dejaron sus casas y sus templos de Chichén y abandonaron la bella ciudad. Todos se fueron llorando. Una noche, con la luz de los luceros, se fueron en fila, para salvar las estatuas de los dioses y la vida del rey y de la princesa, Delante de los hijos de Itzá iba el rey Canek, caminando por senderos abiertos en medio de los montes. Iba envuelto en un manto blanco y sin corona de plumas en la frente. A su lado iba la princesa Sac-Nicté. Ella levantaba la mano y señalaba el camino y todos iban detrás. Un día llegaron a un lugar tranquilo y verde, junto a una laguna quieta, lejos de todas las ciudades y allí pusieron el asiento del reinado y edificaron las casas sencillas de la paz.

Se salvaron así los Itzaes, y el último rey de Chichén del castigo. Enfurecidos los ejércitos de Uxmal y Mayapán solo encontraron los ecos en los palacios y en los templos vacíos. La ira puso entonces el fuego del incendio en la hermosa ciudad y Chichén Itzá quedó sola y muerta como está hoy, abandonada desde aquel tiempo antiguo.